jueves, 15 de octubre de 2015

La pasión por enseñar.

La primera entrada de este blog va a ser para reflexionar sobre la vocación que nos lleva a algunos pocos locos a querer enseñar, ya sea a niños o a adolescentes. ¿Cuándo surgió en nosotros esa idea? ¿Comenzó de forma casual o ya había una premisa? ¿Qué nos lleva, una vez dentro de este mundo, a querer mejorar cada vez más, a buscar acercarnos mejor a los jóvenes a los que queremos hacer ver que el mundo del conocimiento es atractivo?
Los profesores, ¿ayudamos en nuestras clases a que nuestros estudiantes en el futuro luchen contra la alienación del sistema o, por el contrario, fomentamos que se inserten en la manipulación? Es otra pregunta que nos debe hacer reflexionar. La dejaré para otra entrada.

Recuerdo cuando ingresé en la facultad de Filología Hispánica allá por el año 2003. Era un jovencito de 18 años que realmente no sabía lo que quería para mi futuro, pero que decidí probar por dichos estudios ya que me gustaba explorar en la lengua y en la literatura. Ya venía avisado: estudiando eso, la mejor salida que podrás tener será la de profesor. ¿La mejor? Si tienes vocación, sí, pero, ¿y si no?

Por fortuna, para mí pronto dejó de ser eso una preocupación, pues al poco tiempo empecé a dar clases particulares y ya se encendió en mi interior la hoguerilla del maestro que desea guiar al alumno hacia el conocimiento y, por qué no decirlo, en busca de un futuro mejor. Posteriormente, ya con la carrera terminada e iniciado el Máster del profesorado, esta vocecita desconocida que llamamos vocación, apareció definitivamente, ¿por qué? Es un puro misterio. Para la mayoría de la gente, quienes enseñamos a adolescentes somos unos atrevidos temerarios que probablemente acabaremos abrazando al Prozac. Eso es lo que piensan. Sin embargo, a medida que uno va conociendo más a fondo esta profesión, siente que se está chutando la mejor y más duradera de las drogas. Cada día es una motivación nueva por mejorarte, por innovar, por tratar de entretener educando. Hay que estar actualizado con los gustos y comportamientos de los adolescentes, y eso, curiosamente, te mantiene más joven de espíritu (por desgracia, con el físico poco se puede hacer, envejecerás igualmente).

En definitiva, desde esta presentación reflexiva que he querido hacer para La semilla de Sumeria (título dedicado a la civilización que usó por primera vez la lengua escrita de forma codificada para comunicarse), quiero invitar a todos los alumnos de instituto y universitarios que me lean a que miren en su interior por si descubren una vocación, que si al final consiguen convertir en profesión, les llenará de felicidad un huequito de sus vidas. Bienvenidos a esta hermosa locura.

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